Pioneros

    en toda tierra

    “Lo aceptaré con fe”

    Converso abrazó el Evangelio a pesar de que el sacerdocio le fuera prohibido

    Elizabeth Maki

    No es justo culpar a George Rickford por su reacción ante los élderes, quienes en 1969 le dijeron que, por causa de su ascendencia africana, él no sería ordenado al sacerdocio en caso de unirse a la Iglesia SUD.

    “Tuve una reacción muy hostil”, recordó Rickford treinta años más tarde. “Me puse muy agresivo y, tras una acalorada discusión, los eché… Les reprendí severamente por su discriminación y racismo, y con todo tipo de palabras”1.

    Pero Rickford no estaba simplemente enojado; estaba muy triste. Después de tres meses investigando la Iglesia en profundidad, esa misma mañana se había despertado con la convicción de que era verdadera. Él dijo que estaba contento con un sentimiento como que “resplandecía por dentro” cuando los élderes llegaron aquel día; pero las cosas se desmoronaron antes de que pudiera compartir su nuevo testimonio con ellos.

    “Lloré muchísimo cuando se marcharon”, dijo Rickford. “Que dos amigos, ciertamente jóvenes, vinieran a decirme que no podría poseer lo que llamaban ‘sacerdocio’, hirió mi orgullo; era un insulto y me dejó absolutamente decepcionado”.

    Llamado al servicio cristiano

    Nació y se crio en la Guyana británica (ahora Guyana) en 1941, George creció en el seno de una familia prominente en la Iglesia anglicana, pero se apartó de la actividad religiosa al final de su adolescencia. Redescubrió su fe cuando se mudó a Inglaterra, en 1963, y su devoción lo llevó hasta el punto de dedicarse profesionalmente al ministerio. Él era candidato a ser ordenando en la Iglesia anglicana cuando conoció a los misioneros en el verano de 1969.

    Por algún tiempo, Rickford luchó contra lo que escuchaba y sentía pero, para septiembre, su testimonio del Evangelio restaurado había comenzado a echar raíz… hasta que se enteró de la restricción del sacerdocio.

    “Tuve sentimientos amargos y desagradables hacia los mormones”, dijo. “Pensaba ‘¿cómo pueden engañar así a la gente’? Todo el tiempo habían sido amables; reíamos, conversábamos, estudiábamos las Escrituras y orábamos juntos, pero nada me hacía pensar que algo así acechaba en la sombra. Sentí que había sido engañado”2.

    Rickford se arrodilló a orar, y entonces se sintió compelido a concertar una cita con un buen amigo que era sacerdote de la Iglesia anglicana. Tres días más tarde viajó desde su casa en Leicester a Londres para reunirse con él. Cuando el sacerdote supo que Rickford se había estado reuniendo con los “mormones”, lo reprendió y criticó duramente a la Iglesia SUD. Luego le pidió a Rickford que empezara desde el principio y le contara lo que le habían enseñado.

    Comencé a explicarle el relato de Joseph Smith… A medida que contaba esa historia, simplemente cobré vida; algo tomó el control y pude difundir el mensaje".

    George Rickford

    “Así que empecé a relatar la historia de Joseph Smith”, recordó Rickford, “y vi que me miraba con mucha curiosidad, y su expresión se tornó seria. A medida que contaba esa historia, simplemente cobré vida; algo tomó el control y pude difundir el mensaje”.

    Dándose cuenta de que no podía rebatir el testimonio que Rickford estaba compartiendo, el sacerdote le aconsejó que buscara una buena Biblia con notas de estudio para enderezar su rumbo. Luego, con un llamado a mantenerse en contacto, despidió a Rickford.

    “Acababa de salir de su oficina y no recuerdo que mis pies tocaran el suelo”, dijo Rickford. “Estuve en un estado de éxtasis espiritual por el resto del día”3.

    De camino a casa, Rickford se encontró con una amiga anglicana y pasó cuatro horas hablándole del Evangelio.

    “Me escuché a mí mismo dando testimonio de estas cosas con profunda convicción”, escribió más adelante. “¡No tenía ninguna duda de que el Espíritu estaba conmigo otra vez, y cuán bien me sentía!”4.

    Cuando Rickford regresó a Leicester, eran la 1:30 de la madrugada. Había salido de casa esperando una reprimenda por “desperdiciar el tiempo con otras religiones”, pero regresaba con un testimonio renovado y con sentimientos de esperanza y gozo en el futuro. Entre la estación de tren y su casa, se sintió compelido a detenerse en un parque para agradecer a Dios por el “maravilloso día” que había pasado.

    “Me arrodillé sobre el césped y tuve una agradable conversación con Él; y, entonces, un pensamiento acudió a mi mente: ‘¿por qué no preguntas acerca del sacerdocio?’”, dijo Rickford. “Y así lo hice”.

    Pese a las potentes experiencias que había tenido Rickford ese día, ellas no habían borrado sus inquietudes respecto a la Iglesia.

    “Dije: ‘Oh, Padre, ¿qué me puedes decir acerca de esto? Porque no lo entiendo y me parece tan terriblemente mal y moralmente incorrecto…’” recordó. “Entonces tuve una maravillosa experiencia como respuesta. La palabra ‘fe’ apareció letra por letra ante mis ojos cerrados y escuché que la respuesta salía de mí. Hermosos sentimientos me atravesaron de la cabeza a los pies”.

    Más tarde, George dijo que a su mente vinieron palabras de consuelo.

    “George”, sintió, “no tienes que entender todo lo referente a Mi evangelio antes de adquirir un compromiso en cuanto al mismo. ¿Por qué no muestras tu fe al aceptar lo que has escuchado, y dejas el resto en Mis manos? No te preocupes; nunca te guiaré por mal camino”5.

    Rickford no era ajeno a los asuntos espirituales, y dijo que reconoció el Espíritu del Señor en los sentimientos que le sobrevinieron aquella noche.

    “Sentí un resplandor interior y me oí decir, aún con los ojos cerrados, ‘Sí, señor, lo haré; lo aceptaré con fe. Y, por cierto, gracias’”6.

    Sentí un resplandor interior y me oí decir, aún con los ojos cerrados, ‘Sí, señor, lo haré; lo aceptaré con fe. Y, por cierto, gracias".

    George Rickford

    La fe de Rickford era real, igual que lo eran los inquietantes sentimientos que persistían cuando consideraba la prohibición del sacerdocio. Los misioneros, que visitaron a Rickford al día siguiente a pesar de la acalorada orden de mantenerse alejados, continuaron haciendo frente a “muchas preguntas complejas” pero, durante el siguiente mes, Rickford continuó estudiando atentamente el Evangelio.

    En octubre escribió una carta a los misioneros que le estaban enseñando en la que describía como un “milagro” el hecho de que continuara investigando a pesar de sus dudas.

    “Todavía me reúno con ustedes, misioneros; aún leo el Libro de Mormón, guardo la Palabra de Sabiduría y, no menos importante, asisto a su Iglesia y participo (¡correcta o incorrectamente!) de la Santa Cena”, escribió.

    “Ustedes podrían decir que esto es un acto de fe. A pesar de la creciente oposición… y contra mis más íntimos sentimientos sobre las personas de color y el sacerdocio (¿puede esta ser realmente la ley de nuestro ‘Dios justo’?), a pesar de ello he proseguido con mis investigaciones, adquiriendo un compromiso más y más profundo hacia el mormonismo”.

    Rickford expresó a los élderes que estaba comenzando a creer que no necesitaba comprender cada detalle antes de recibir el bautismo, creyendo que tal acto era tal vez la forma más segura de encontrar las respuestas que buscaba.

    “Estoy convencido, por el conocimiento que tengo del mundo que me rodea, de que hay cosas que se pueden explicar, y respuestas que se pueden hallar a partir de un examen puramente intelectual… pero también estoy convencido de que hay muchas, muchas otras cosas que no podemos ver o analizar, pero que son absolutamente vitales para nuestra supervivencia y existencia”, escribió. “Puede que no sea sino hasta DESPUÉS de recibir (con fe y arrepentimiento) el bautismo, que por el poder del Espíritu Santo seré capaz de comprender y llegar a aceptar como ‘verdades del Evangelio’ muchos de los insignificantes detalles que continúan molestándome y retrayéndome de vez en cuando”7.

    Un mes después, Rickford se bautizó. Más tarde reconoció que las luchas que lo habían llevado hasta ese punto y el salto de fe que estuvo dispuesto a dar contribuyeron a su firme testimonio de la Iglesia.

    “Mi investigación antes de mi bautismo fue un desafío muy grande y mi fe fue profundamente probada, sobre todo por el hecho de que yo no pudiera poseer el sacerdocio”, dijo más tarde. “Pero una vez superado eso, y habiendo recibido una respuesta del Señor, una respuesta muy personal para mí, no me quedó duda alguna. Yo lo describo como avanzar por pura fe”8.

    Vivir sin ello

    Dos años después conoció a una mujer llamada June Brown-Stokes y le presentó el Evangelio. Ella se bautizó y poco tiempo después se casaron.

    Durante su noviazgo, George había tratado de ayudar a June a entender lo que su linaje y la prohibición del sacerdocio significarían para su matrimonio y su familia, pero para una recién conversa llevó tiempo asimilar sinceramente las implicaciones.

    “Realmente no me di cuenta hasta que nos casamos y tuvimos nuestro primer hijo, Michael”, dijo June Rickford. “Recuerdo ver a los hombres jóvenes repartir la Santa Cena con Michael en mis rodillas y pensar: ‘Oh, Michael nunca podrá hacer esto’. Ahí es cuando realmente comprendí lo que George había estado tratando de decirme”9.

    Aunque George Rickford pudo bautizarse en el Templo de Londres en forma vicaria por su padre, que había fallecido recientemente, la familia Rickford no podía sellarse en el templo, y la capacidad de George de prestar servicio en la Iglesia era limitada por el hecho de no poseer el sacerdocio. Pero ambos amaban el Evangelio y estaban dispuestos a hacer todo lo posible por servir.

    “Estoy listo y dispuesto a hacer cualquier cosa que esté en mis manos para ayudarle y apoyarle en la obra proselitista”, escribió George Rickford el día después de su bautismo. “Todo lo que pueda hacer para ayudar (usted ya está en mis oraciones) ya sea compartiendo mi testimonio, como secretario auxiliar, o dando dinero o consejo… dentro de los límites de mi tarea, me haría inmensamente feliz”10.

    Para Rickford, sus limitaciones en la Iglesia rara vez le incomodaban. Recordó un breve momento de ansiedad cuando un amigo con quien había compartido el Evangelio se bautizó y, dos semanas después, él se arrodilló ante la congregación y bendijo la Santa Cena.

    “Me senté en la congregación y pensé: ‘Yo ya llevo en la Iglesia siete años…’”, evocó. “Y por un breve espacio de tiempo empecé a sentir una pizca de resentimiento allí. Pero entonces se fue, y pensé: ‘No; yo me alegro por él’”11.

    La educación de Rickford en la Iglesia anglicana curó algunas de sus heridas al saber, como él sabía, que en dicha tradición religiosa un solo sacerdote con frecuencia se ocupaba prácticamente de todo el servicio de adoración. De manera similar, su incapacidad de poseer el sacerdocio no le prohibía pedir a los poseedores del sacerdocio que lo bendijeran a él o a su familia siempre que era necesario, y en esto halló gran consuelo.

    “Mientras yo pudiera recurrir al sacerdocio, y así lo hacía, estaba de acuerdo con ello”, dijo. “Si nuestros hijos estaban enfermos, llamaba a nuestros maestros orientadores para que los bendijeran. Una noche me golpearon en el club juvenil y ellos vinieron y me dieron una bendición… Teníamos acceso al sacerdocio y no me molestaba en absoluto no poseerlo personalmente”.

    “Sabía que el Señor estaba al mando”, dijo más tarde, “y me sentía feliz por dejarlo en Sus manos”12.

    En 1975, Rickford escribió que aceptó la prohibición del sacerdocio “con fe, sin reserva alguna”, y expresó su creencia de que, cualquiera fuera su condición entonces, Dios era justo.

    Estoy agradecido de que el sacerdocio del Señor esté una vez más sobre la tierra, con sus correspondientes bendiciones, autoridad y responsabilidad. Para mí es mucho más importante cómo se utiliza que quién lo posee y quién no”.

    George Rickford

    “Lo que sembremos, cosecharemos”, escribió. “Todavía tenemos la oportunidad, por medio de nuestra fidelidad y servicio en esta vida, de ser merecedores de las bendiciones más elevadas en la eternidad…

    “Estoy agradecido de que el sacerdocio del Señor esté una vez más sobre la tierra, con sus correspondientes bendiciones, autoridad y responsabilidad. Para mí es mucho más importante cómo se utiliza que quién lo posee y quién no. Estoy agradecido de que el Señor, en Su gran misericordia, no nos haya negado Su Santo Espíritu a ninguno de nosotros, ya que ése es el mayor don que podemos poseer”13.

    Aun así, cuando todo eso cambió tres años después, aquel día “fue extraordinario”, recuerda14.

    ‘Una noche extraordinaria’

    Rickford había sido maestro de Seminario casi desde el día de su bautismo, y la tarde del 9 de junio de 1978 estaba acabando la última clase del año cuando sonó el teléfono en el edificio de la Iglesia. Alguien buscaba al presidente de estaca.

    Rickford respondió a la llamada y encontró a Mike Otterson, jefe del Departamento de Asuntos Públicos en las islas británicas y amigo de Rickford, al otro lado de la línea. Cuando supo que el presidente de estaca no se encontraba, Otterson no pudo evitar compartir la noticia con Rickford.

    “Él dijo: ‘¿Sabe? Esto es poco ortodoxo, pero tengo una carta aquí que realmente me gustaría leerle, George’”, recuerda Rickford. “Entonces comenzó a leer el texto de la Declaración Oficial—2. Lo leyó todo, comenzando en La Oficina del Consejo de los Doce Apóstoles y la Primera Presidencia, y así sucesivamente”.

    La declaración extendía el sacerdocio a todos los varones dignos, sin importar su raza, y la noticia fue tan inesperada que Rickford tardó un momento en comprender lo que estaba oyendo.

    “Mientras él leía, me di cuenta de lo que implicaba lo que estaba leyendo, y sentí que se me ponía la piel de gallina”, recuerda. “Terminó de leer y preguntó: ¿‘Todavía está ahí’? Yo le dije: ¿‘Dice lo que creo que está diciendo’? Y él respondió: ‘Sí’”15.

    Antes de salir corriendo al trabajo, Rickford garabateó una nota para su esposa y se la hizo llegar a casa. Cuando June la leyó, su maestra visitante, que se encontraba en casa de la familia Rickford, bailó con ella por toda la sala.

    “La leyó, y esto es literalmente lo que hizo”, recuerda June. “Ella dijo: ‘¡Ustedes pueden tener el sacerdocio!’ Y comenzó a dar vueltas y más vueltas… Yo simplemente me senté en estado de trance. Me senté allí, sin poder articular una palabra”16.

    Durante toda la noche, George Rickford recibió una llamada tras otra, a medida que la noticia se propagó por todo el mundo. Kent Porter, el misionero que lo había bautizado, fue el primero en llamar desde los Estados Unidos.

    “[Él] conducía una camioneta en Idaho cuando escuchó la noticia en la radio, y más tarde me dijo: ‘Casi estrellé el camión’”, recuerda Rickford. “Se hizo a un lado de la carretera, salió del auto y cayó de rodillas dando las gracias al Señor; simplemente dio una oración de gratitud al Señor. Y pensó: ‘Tengo que llamar a George… Aquella fue una noche extraordinaria”.

    Cuando George llegó a casa, June y él hablaron toda la noche sobre lo que esa noticia significaría para su familia. El cambio fue monumental. A la mañana siguiente, George Rickford fue ordenado presbítero en el Sacerdocio Aarónico. Dos meses más tarde fue ordenado como Setenta y se convirtió en el miembro de mayor antigüedad del Cuórum de los Setenta de la estaca; y dos meses después de eso, George y June Rickford se sellaron en el Templo de Londres, junto a sus cuatro hijos17.

    Firmes en la fe

    “Cuanto más entiendo el Evangelio, más cuenta me doy de que la fe en Dios y en Su Hijo es la base imprescindible para obtener mayor conocimiento y comprensión de Sus propósitos para la humanidad”, escribió Rickford en 1975. “Parece significativo que, cuando le pregunté a mi Padre Celestial con toda sinceridad si la Iglesia era verdadera, Él no me respondió: ‘Sí, es verdadera’ o ‘No, no lo es’. En vez de eso, Él me pidió que demostrara mi fe y mi confianza en Él y en los mensajeros que Él había llamado y enviado para darme el Evangelio restaurado. Desde aquel momento decidí ejercer más fe en los asuntos espirituales de lo que había hecho hasta entonces, y dejar que el Señor me guiara en Sus sendas, porque Él sabía que mi corazón era justo, y que solo deseaba encontrarlo y seguirlo a Él”18.

    No mucho tiempo después de levantarse la prohibición del sacerdocio, Rickford fue contratado a tiempo completo por el Sistema Educativo de la Iglesia para trabajar en los programas de Seminario en Instituto en Inglaterra. En 1985 fue llamado como obispo del Barrio 2 de Birmingham.

    George y June tuvieron dos hijos más y han criado fielmente a su familia en la Iglesia. Al meditar en el pasado, ellos dicen que aquel día de junio de 1978 fue una auténtica sorpresa, a pesar de que la bendición patriarcal de George, la cual recibió en 1971, le prometía que algún día él tendría el sacerdocio de Dios. No obstante, en retrospectiva, explican que hubo aún más señales de lo que estaba por llegar.

    Su hija Gemma nació en enero de 1978 y, como con el resto de sus hijos, cuando llegó el momento de darle un nombre y una bendición George le entregó la niña a un poseedor del sacerdocio para que llevara a cabo la ordenanza.

    “Le entregué la niña a un miembro de la presidencia de estaca que era un muy buen amigo mío”, dijo. “Y él concluyó su bendición, la cual fue la clase de bendición típica. Ya saben, todas las cosas que normalmente se dicen, y elevó su voz como si le hubiera sucedido algo, y simplemente dijo: ‘Que llegue pronto el día en que puedas entrar en la Casa del Señor y ser sellada por tiempo y eternidad’… Después de eso clamó: ‘¿Qué he dicho? Yo no tengo autoridad para pedir ese tipo de cosas’. Por supuesto, eso sucedió a principios de marzo de 1978 y, claro, en junio se había convertido en una realidad o, cuando menos, en una posibilidad”19.

    Para la familia Rickford, esto fue tan solo un ejemplo más de la forma en que el Señor estuvo trabajando con ellos todo ese tiempo.

    “No tengo ninguna duda de que el Señor dice, en efecto, a aquellos que le preguntan si esta es Su obra: ‘Si tienes suficiente fe… y eres lo suficientemente paciente… te daré desafíos y oportunidades que te permitirán ver Mi mano que guía esta obra… y, entonces, tu testimonio será fuerte, porque habrás sido capaz de averiguar y de probarme por ti mismo”, escribió Rickford tres años antes de que ese cambio en las normas le permitiera bendecir a su propia familia. “De esta manera, por la fe y la paciencia en el Señor, yo he llegado a saber que el Reino de Dios está nuevamente sobre la tierra, representado por esta Iglesia. Sé que somos guiados por hombres santos de Dios, profetas modernos, videntes y reveladores, que sostienen todo lo que el Señor ha dicho a Su pueblo en épocas anteriores, y proclaman con autoridad todo lo que Él tiene que decir a Sus hijos en el turbulento mundo de hoy en día… También tengo un testimonio de cada aspecto de la obra de la Iglesia—sus inquietudes en cuanto al sacerdocio, la familia, el bienestar, las ordenanzas del templo, sus espléndidos programas educativos y muchos otros asuntos. No me arrepiento en absoluto de haberme unido a esta Iglesia, ya que por medio de ella he llegado a obtener un mayor conocimiento y testimonio de Jesucristo que mediante cualquier otro camino que haya recorrido en el pasado”20.

    Notas al pie de página

    [1] Historia oral de George Howell y June Rickford, entrevistados por Matthew K. Heiss, 1999, pág. 9, Programa de historias orales James Moyle, División de Archivos, Departamento Histórico de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, Salt Lake City, Utah.

    [2] Historia oral de George Howell y June Rickford, entrevistados por Matthew K. Heiss, 1999, pág. 10, Programa de historias orales James Moyle, División de Archivos, Departamento Histórico de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, Salt Lake City, Utah.

    [3] Historia oral de George Howell y June Rickford, entrevistados por Matthew K. Heiss, 1999, pág. 10, Programa de historias orales James Moyle, División de Archivos, Departamento Histórico de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, Salt Lake City, Utah.

    [4] George Howell Rickford, “George Howell Rickford”, diciembre de 1975, pág. 7, apéndice, historia oral de George Howell y June Rickford, Archivos de la Iglesia.

    [5] Correo electrónico de George Rickford al autor, 23 de noviembre de 2012.

    [6] Historia oral de George Howell y June Rickford, entrevistados por Matthew K. Heiss, 1999, pág. 11, Programa de historias orales James Moyle, División de Archivos, Departamento Histórico de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, Salt Lake City, Utah.

    [7] George H. Rickford para el élder Kent Porter y el élder Chabot, 19 de octubre de 1969, en los documentos de George H. Rickford, archivos de la Iglesia.

    [8] Historia oral de George Howell y June Rickford, entrevistados por Matthew K. Heiss, 1999, pág. 17, Programa de historias orales James Moyle, División de Archivos, Departamento Histórico de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, Salt Lake City, Utah.

    [9] Historia oral de George Howell y June Rickford, entrevistados por Matthew K. Heiss, 1999, pág. 4, Programa de historias orales James Moyle, División de Archivos, Departamento Histórico de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, Salt Lake City, Utah.

    [10] George H. Rickford para el élder Moffett, 13 de noviembre de 1969, en los documentos de George H. Rickford, archivos de la Iglesia.

    [11] Historia oral de George Howell y June Rickford, entrevistados por Matthew K. Heiss, 1999, pág. 17, Programa de historias orales James Moyle, División de Archivos, Departamento Histórico de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, Salt Lake City, Utah.

    [12] Correo electrónico de George Rickford al autor, 23 de noviembre de 2012.

    [13] George Howell Rickford, “George Howell Rickford”, diciembre de 1975, pág. 9, apéndice, historia oral de George Howell y June Rickford, Archivos de la Iglesia.

    [14] Historia oral de George Howell y June Rickford, entrevistados por Matthew K. Heiss, 1999, pág. 18, Programa de historias orales James Moyle, División de Archivos, Departamento Histórico de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, Salt Lake City, Utah.

    [15] Historia oral de George Howell y June Rickford, entrevistados por Matthew K. Heiss, 1999, pág. 24, Programa de historias orales James Moyle, División de Archivos, Departamento Histórico de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, Salt Lake City, Utah.

    [16] Historia oral de George Howell y June Rickford, entrevistados por Matthew K. Heiss, 1999, pág. 25, Programa de historias orales James Moyle, División de Archivos, Departamento Histórico de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, Salt Lake City, Utah.

    [17] Historia oral de George Howell y June Rickford, entrevistados por Matthew K. Heiss, 1999, págs. 25-27, Programa de historias orales James Moyle, División de Archivos, Departamento Histórico de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, Salt Lake City, Utah.

    [18] George Howell Rickford, “George Howell Rickford”, diciembre de 1975, pág. 8, apéndice, historia oral de George Howell y June Rickford, Archivos de la Iglesia.

    [19] Historia oral de George Howell y June Rickford, entrevistados por Matthew K. Heiss, 1999, págs. 22-23, Programa de historias orales James Moyle, División de Archivos, Departamento Histórico de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, Salt Lake City, Utah.

    [20] George Howell Rickford, “George Howell Rickford”, diciembre de 1975, págs. 8-9, apéndice, historia oral de George Howell y June Rickford, archivos de la Iglesia.